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“Mi padre nos legó la inmensa fortuna de su ejemplo”

Ing. Rafael Belaunde Aubry, hijo.

Mi padre nos legó la inmensa fortuna de su ejemplo. A diferencia de las crematísticas, la suya es inagotable, accesible no solo a sus hijos, sino a quienes opten por enriquecerse, compartiendo de ella.

El precepto bíblico, honrar padre y madre, que aprendí de los míos viéndolos honrar a los suyos, brotaba en mí espontáneamente. Es que nunca fue un mandato, sino una simple y feliz consecuencia… Mi padre fue mi orgullo y guía.

Consiente de la diversidad cultural y geográfica que caracteriza al Perú, buscó soluciones que la complementaran armónicamente, a diferencia de quienes pretenden instrumentalizarla para impulsar procesos disociadores. Su talante liberal lo mantuvo exento de las supersticiones deterministas y totalitarias que polarizaron el Siglo XX. Por eso, en vez de señalar una meta señaló un camino: ¡Adelante!

Muchas facetas lo pintan mejor. La nobleza estoica con la que encaró su destierro, al que lo acompañé desde el primer día. Sus repetidos intentos de volver a la patria, “que es la tierra y son los muertos”,  según el ensayista francés Emmanuel Joseph Sieyés, y que los distancian abismalmente de quienes luego de gobernar huyen despavoridos. La dedicación hacia sus alumnos de la facultad de arquitectura de la Universidad Nacional de Ingeniería que lo ayudarían luego a diseñar la integración del Perú, con la que soñó. Su faceta de estudioso del Perú, gracias a lo cual logró tal conocimiento del territorio patrio, que lo transitaba con familiaridad de quien recorre las habitaciones de su hogar.

Las anécdotas en él son más que eso, son gestas que jalonaron nuestra historia republicana durante la segunda mitad del Siglo XX, como la del 8 de junio de 1956. Yo era un niño. Aquel día, Fernando Belaunde congregó a una desbordante multitud en la plaza San Martín para festejar la oficialización de su candidatura presidencial. El autoritarismo de turno, obcecado por impedirla, se había visto obligado a ceder, doblegado por la presión popular.

“Gracias pueblo peruano por haber inscrito mi candidatura” comenzó diciendo. Siguió luego un discurso de antología que todavía después de medio siglo me eriza recordar.

Esta otra es ilustrativa de su vocación integradora y constructiva: alrededor del año 60 acompañé a mi padre en una gira política que nos llevó de Oyón a Cajatambo. Para mí fue la primera de muchas. Por ese tiempo se accedía a Cajatambo en acémila o mula de carga desde Oyón, aquel célebre centro minero. Recuerdo su compromiso asumido ante los lugareños: dotar a Cajatambo de un acceso carretero. Pocos años después, ya en el gobierno, su satisfacción al cumplir su promesa solo fue superada por la algarabía de quienes, por fin, gracias a él, comenzaron a salir del aislamiento.

En un ámbito más personal, recuerdo haberlo visitado con mi hermano mayor en el lúgubre penal de El Frontón cuando fue puesto preso por razones políticas. Recuerdo también haberlo visto ensangrentado pero satisfecho, luego de un duelo a la antigua usanza con el que salvó su honor de ofendido. Como hombre de bien que era, con el paso del tiempo, terminó desarrollando una cordial relación con su otrora contrincante.

Compartiré con los lectores una anécdota que sucedió en mi niñez. Durante el verano, luego de un baño en La Herradura, nos ofrecía socarronamente ir “a ver” tomar helados a alguna fuente de soda, para luego de una letanía de ruegos innecesarios, ceder a nuestras súplicas, complaciéndonos. No lo estoy idealizando si digo que fue el padre que todo niño sueña. Así fui de afortunado. Digo mejor: así soy de afortunado.