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Colonización vial

fernando belaunde colonizacion vial

Está plenamente demostrada la necesidad impostergable de ampliar la extensión de las áreas laborables en el Perú con la finalidad de equilibrar la relación hombre –tierra, asegurando el abastecimiento fundamental, lo que resolvería, por añadidura, el problema cambiario.

Si las áreas bajo cultivo permanecen estacionarias, el problema se va a agravar día a día debido al crecimiento vegetativo de nuestra población. Si en 1959 corresponde a cada habitante menos de 1/5 de hectárea –exactamente 1 700 metros cuadrados- cuando nuestra población se duplique a 20 millones de habitantes, lo que ocurrirá en 1980, apenas dispondremos de 850 metros cuadrados per cápita. Esta realidad irrefutable presenta un cuadro alarmante y exige una acción inmediata.

La preocupación por mantener o lograr una adecuada relación hombre-tierra tiene especial importancia en los países subdesarrollados que, por definición, están condenados a ser importadores de productos manufacturados esenciales. El abastecimiento alimenticio lo logran las grandes naciones industriales que mantienen imperios coloniales, mancomunidades o zonas de influencia. Un país como el Perú sería un suicida si no se preocupara por dar a su agricultura el sentido dinámico que caracterizó a las viejas civilizaciones preincas y al imperio mismo, que han dado al nombre de nuestra patria todo el legendario prestigio que disfruta.

Tres soluciones posibles

Es de interés nacional preguntarse cómo suplir el déficit de tierras, cómo recuperar el ritmo perdido, cómo asegurar para las generaciones futuras una vida mejor. Los higienistas nos han demostrado, con la elocuencia de las cifras, las graves deficiencias de la alimentación en el Perú y sus consecuencias inevitables en problemas de salud pública.

El peruano consume 1,500 calorías diarias, cuando en promedio, sin alcanzar las condiciones óptimas que tienen los países bien alimentados, debería lograr entre 2,500 y 3,000. El 72% de nuestra población presenta alarmantes signos de desnutrición y por ello la FAO nos ha catalogado como “país de hambre crónica”.

Hay tres caminos, más o menos rápidos, más o menos costosos, para lograr la incorporación de nuevas tierras a la agricultura y la ganadería o para mejorar las exiguas tierras que ya disponemos. La reforma agraria planteada con criterio técnico, lejos de toda demagogia, no puede prescindir de ellos.

Las nuevas irrigaciones y las obras de mejora de riego en los valles constituyen, evidentemente, uno de los frentes de ataque al problema. Pero ellas implican costosas obras hidráulicas cuya ejecución requiere mucho tiempo y cuyo rendimiento es a largo plazo. Por la experiencia del Quiroz se puede estimar el costo de una irrigación en la costa entre los diez y los veinte mil soles por hectárea, pudiendo asegurarse que las obras hidráulicas requeridas más la formación de las tierras áridas y el equipamiento de los fundos, producen tierras caras.

En la costa peruana hay proyectos de irrigaciones que cubrirían unas 800,000 hectáreas. En la hipótesis de que fuera factible desarrollar en un plazo relativamente corto todos esos proyectos, el área agrícola per cápita aumentaría en 800 metros cuadrados, es decir que, en total, se elevaría apenas de 1,700 a 2,500 metros cuadrados por persona, sin considerar el incontenible crecimiento vegetativo. Y esas obras costarían 12 millones de soles sin que tan cuantiosa inversión lograra establecer la relación deseable para el Perú de media hectárea por habitante.

La irrigación por sí sola no resuelve el problema. Sin embargo, Acción Popular ha puesto especial énfasis en emprender la de Majes, que vendría a aliviar, ya que no a resolver, el gravísimo problema de escases de tierras cultivables en el sur y que, desde el punto de vista nacional, por sus condiciones de altitud, extensión y clima, ofrece un horizonte triguero, anunciando el ahorro de divisas que es fundamental para conseguir ayuda financiera exterior.

Igualmente ha estudiado una variante para la irrigación de Olmos que simplifica grandemente las obras de ingeniería requeridas para incorporar tierras ricamente dotadas de materia orgánica que podrían contribuir, en gran escala, a resolver el problema ganadero del Perú. Si hemos juzgado que estos dos proyectos deben tener prioridad, es porque contribuyen a resolver dos cuestiones trascendentales: el pan y la carne.

Otro camino que puede seguirse paralelamente, es el del desarrollo ganadero de las punas cuyos pastos naturales sumamente pobres podrían mejorarse considerablemente mediante facilidades crediticias y dirección técnica. Hemos visitado varias zonas donde se han cercado las punas, como en las propiedades de la Cerro de Pasco Corporation, en algunas organizaciones ganaderas grandes del centro y en la hacienda Porcón de Cajamarca. Tales experiencias han demostrado que el cercado de los pastizales, para establecer un sistema de rotación, aumenta considerablemente la producción. En ello basamos nuestro proyecto llamado “Desarrollo agropecuario de las punas” que transferiría al banco de Fomento Agropecuario recursos provenientes de la venta de guano a fin de crear un fondo especial para préstamos supervisados a las comunidades indígenas y a los ganaderos establecidos en las zonas ubicadas por encima de los 3,000 metros.

Debe anotarse que la región de los pastos naturales ocupa más del 10% del territorio y que el incremento de la producción en la puna es una de las grandes posibilidades para suplir nuestro déficit alimenticio, a base de obras muy fáciles de realizar. Lo importante en este caso es adaptar las medidas a la presencia de la comunidad indígena, que debe tener acceso al crédito y a la ayuda técnica en gran escala.

Pero la solución más rápida y económica es, evidentemente, la incorporación de zonas de ceja de montaña mediante la vialidad. En la vertiente oriental de los Andes puede escogerse en una diversidad de lugares las altitudes que más convengan al hombre y que ofrezcan mejores expectativas para el desarrollo de la agricultura y la ganadería. Se puede buscar y encontrar el hábitat ideal, obteniéndose, como vamos a verlo, tierras a un costo infinitamente menor que el de la irrigación de la costa y en condiciones climáticas mucho más favorables que las que ofrecen las zonas de gran altitud.

Precisando conceptos hemos propuesto, mediante una ley estudiada en detalle, el sistema que hemos llamado de “colonización vial” que se basa en la premisa de que las tierras de montaña solo deben venderse a quienes estén dispuestos a sufragar los gastos primarios que se requieren para darles acceso, sobre la base de una orientación del Estado que también contribuiría con la construcción de puentes. Mediante este sistema los concesionarios de tierras, cuyo derecho estuviese vigente, tendrían que abonar, como plusvalía, los gastos requeridos por la construcción vial que se ejecutare dentro de sus concesiones.

Hablar de colonización sin referirse a la vialidad es como hablar de aeronáutica prescindiendo del problema de los aeropuertos. Ha constituido un error y una corruptela en el Perú el sistema de concesiones ciegas en zonas sin acceso vial, que solo sirven para beneficiar a algunas personas influyentes que especulan con ellas y ponen trabas al desarrollo del país. Esta ingrata regla tiene muy pocas excepciones en los casos raros en que el concesionario se ha constituido en sus tierras y las ha puesto en producción.

En cuanto se difunde el propósito del gobierno de emprender alguna obra pública se apresuran los denuncios, como ha ocurrido en el caso concreto de la carretera Olmos-Marañón, otorgándose tierras a precios irrisorios, que nada significan para el erario nacional y que, más tarde, le impiden rescatar los capitales invertidos. Unos cuantos especuladores influyentes cosechan así el esfuerzo de toda la colectividad.

A este abuso que los gobiernos toleran se debe el estancamiento de la colonización en el Perú. La “colonización vial” que proponemos terminaría definitivamente con él y haría recuperables los fondos que se invirtieran en la construcción de carreteras, permitiendo su constante reinversión, para formar virtualmente un fondo o crédito rotativo cuyo funcionamiento podría incorporar en muy breve plazo las regiones más ricas de la montaña alta.

Tomado de La conquista del Perú por los peruanos, Fernando Belaunde Terry. Ediciones Tawantinsuyu, Lima, 1959.