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Cruzada Andina

cruzada andina fernando belaunde

En la primavera de 1959, con la grata compañía de un grupo de correligionarios de Acción Popular, cruzamos la cordillera, a lomo de bestia, uniendo los ríos Marañón y Mosna. Prácticamente, con un breve intervalo en camión, enlazamos con primitivos medios de transporte la gran ciudad muerta de Huánuco Viejo con las imponentes ruinas del castillo de Chavín.

Muchas personas se han preguntado si este viaje representaba, tan solo, un alarde publicitario o un gesto deportivo. Pero los que concurrieron a las manifestaciones que hicimos a lo largo del camino saben bien, porque han tenido la oportunidad de oírlo, el hondo significado de esta cruzada andina.

Un gran español, Salvador de Madariaga, a quien nuestro continente apasiona desde el descubrimiento, interés que lo ha convertido en el mejor biógrafo de Cristóbal Colón, ha dicho: “Para que el Perú valga un Perú es necesario que sea más peruano”. Nosotros, cuando nos alejamos de las regiones transformadas por el progreso, de nuestra cosmopolita capital, lo hacemos en busca de la patria, que debe despertar mayor atención allí donde las condiciones son más duras, donde todos los peruanos debemos saldar la deuda contraída por la indiferencia de varias generaciones republicanas.

En el tiempo de los incas el camino Cusco-Quito aseguraba la unidad de la región andina y constituía la columna vertebral del imperio. Conocedores profundos de su territorio, los antiguos peruanos llevaban los caminos por las alturas, evitando derrumbes y disminuyendo el número de puentes. Para ganar las cumbres utilizaban escaleras pétreas que, como anota Von Hagen, pasaban a veces del millar de escalones. Pero sus gradas estaban hechas para la agilidad del hombre y de la llama, su inseparable y delicada compañera prehispánica. Cuando llegaron los caballos no se adaptaron a esa vialidad y la rueda exigió nuevas rutas que descartaban, en gran parte, el antiguo camino andino.

No tuvo el conquistador interés alguno en mantener la unidad serrana. Los caminos de herradura que construyó tuvieron una tendencia transversal, para salir a la costa rápidamente, en vez de mantener la orientación longitudinal que, evidentemente, habría sido una amenaza de resurgimiento indígena contra el poder colonial establecido en Lima.

Esta política, que atinada desde el punto de vista del virreinato, la ha mantenido, con inaudita compresión de su destino, la República. No ha buscado, como debería haberlo hecho, la verdadera unidad nacional, que es la suma de las unidades regionales y por ello el país tiene amplias regiones desconectadas o, mejor dicho, olvidadas o rezagadas. Se contentan los presidentes que se sienten virreyes con la unidad costeña, que es un hecho logrado por la naturaleza, a lo largo del océano, y por el hombre con su paralela carretera Panamericana. Menospreciando las serranías, estos gobernantes de tarro y frac no le dan importancia al hecho de que no existe unidad andina, de que las regiones de Huánuco, Ancash y La Libertad carezcan de una conexión adecuada y hayan perdido contacto entre ellas. No les importa tampoco que esté desunida la región selvática, que nuestro proyecto de carretera Marginal de la Selva cohesionaría, enlazando las nacientes del Amazonas y convirtiendo el istmo de Fizcarrald en una zona reabierta al transporte.

En antiguo camino incaico, que tenía la unidad de un collar entre cuyas perlas destacaban Vilcashuamán, Huánuco viejo y Marcahuamachuco, ha sido rota por la historia precisamente en el tramo que nosotros hemos recorrido ahora, ascendiendo de nuevo por sus interminables escalinatas y recorriendo, durante varios días, sus punas inhóspitas.

Hemos ido a recoger, con la intención de unir los extremos del hilo roto del collar, en nuestro afán de reconstruir la joya perdida, que es símbolo y será realidad de la unidad nacional que busca fervientemente Acción Popular. Las incomodidades sufridas a lo largo del territorio, las malas noches pasadas en la cordillera, los momentos de peligro que no faltan en las aventuras andinas, han resultado compensados ampliamente con la experiencia adquirida y el reforzado vínculo de camaradería entre los integrantes del grupo en el que estaban bien representados los dirigentes y la juventud del partido. Y el pueblo, con su intuitiva sensibilidad, quiso recompensar generosamente en la plaza de armas de Huaraz, nuestro esfuerzo nacionalista. Por eso empecé mi discurso con estas palabras, surgidas de mi propia experiencia en la gira:

“Los andes definen al Perú, el Perú es la cordillera. Por eso nos deleita recorrerla una y otra vez en sus alturas, en sus valles, en sus ríos. Por eso hemos dormido en el suelo en la humilde choza del pastor indígena, enclavado en la cumbre, compensados generosamente el frío y la fatiga al posar los labios sobre la tierra andina, en el éxtasis de una caricia filial al suelo patrio.

El Perú es la cordillera. La costa es su primer escalón que se nutre de las aguas de sus lagunas y los gigantescos ríos de la selva no son sino las cumbres de estos Andes derretidas. Quien ignore a la cordillera ignora al Perú. Y quienes, desde el palacio de Pizarro se olvidan de los Andes, incurren en tremenda responsabilidad, porque eso es olvidarse de la patria”.

Tomado de Pueblo por pueblo. Fernando Belaunde Terry. Ediciones Tawantinsuyu, 1960.