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El golpe que se autotituló “revolución peruana”

Fernando Belaunde Terry

Escritos inéditos

Con mucha frecuencia se solicita a los actores de un drama político –víctimas y victimarios- una versión desapasionada de los hechos. Esto me ha ocurrido a mí con relación al golpe de 1968 en que, nueve meses antes de concluir mi primer mandato, fui derrocado por un sector del ejército que, más tarde, quiso ponerle a ese movimiento subversivo el piadoso manto de una inmediata “revolución institucional”.

Al acercarse el término del mandato que yo presidía, el Consejo de Ministros, en la que habría de ser su última sesión, acordó convocar a elecciones para el proceso de 1969. Generalmente los golpes se suscitan cuando un gobierno es renuente a hacer tal convocatoria, con el propósito de seguir disfrutando del poder. En este caso ocurrió exactamente lo contrario: el gobierno fue depuesto, no porque intentara quedarse, sino porque, cumpliendo la ley, estaba resuelto a irse. La incógnita de un proceso electoral cuando no se habían despejado tensiones entre las fuerzas armadas y el Apra, contribuyó a crear un ambiente golpista, artificialmente magnificado por el asunto del petróleo, falsa bandera del cuartelazo. Se perfilaba entonces la candidatura de Haya de la Torre quien, a la sazón, no había llegado a los 70 años y gozaba de excelente salud y lucidez. Impedir tal posibilidad hizo que prosperara la voluntad golpista y que se despertaran ambiciones para llegar, sin pena ni riesgo, a la primera magistratura.

Efectivamente, victimado el partido que entonces gobernaba y alarmado inicialmente el movimiento aprista, cuyo posible acceso al poder se alejaba indefinidamente, sólo quedaban minoritarios movimientos que Jerónimo Alvarado Sánchez, en su libro “Reflexiones sobre el Golpismo, la Tiranía y la Revolución” califica severamente como  “acróbatas del circo marxista”. Ellos vistieron al golpe con un ropaje extremista. A la ciudadanía silenciada y estupefacta se le dijo que había que acelerar en el Perú “la dinámica histórica de la lucha de clases” que según el mismo autor “sacrifica a los pueblos y transforma en cárceles a las naciones”.

En cuanto a la bandera del golpe, la nacionalización de los yacimientos de La Brea y Pariñas, los pseudo revolucionarios encontraron la manera de pagar a la International Petroleum Company, por debajo de la mesa, en cumplimiento del humillante y obtuso acuerdo Greene-de la Flor. La dictadura resultó pagando por los yacimientos que habían sido recuperados por el gobierno depuesto sin costo alguno para la nación. Pero, la revolución social y económica que prometió al Perú “imaginarios paraísos fiscales” lo hizo a cambio de la confiscación de todos los derechos humanos del hombre y del ciudadano. No pudiendo retener el poder con libertad de prensa, procedió a la confiscación de los medios de comunicación. Vino la época del denigrante “parametraje”. “El abominable verbo ‘concientizar’  que significa invadir por la fuerza el recinto sagrado de la libertad de conciencia del hombre –dice el autor antes citado- fue precisamente el más áspero y urticante dictado de la revolución tiránica”.

Y agrega en párrafo que sintetiza el drama que comentamos: “El hecho histórico es que el Perú sereno y constructivo de 1968 se encontró por sorpresa secuestrado por una de las más típicas y estudiadas formas de la peligrosísima psicosis paranoica: el delirio que quiere deshacerlo todo de una vez”. Afortunadamente el propio pueblo peruano rectificó aquella gran injusticia y volvimos triunfantes al Palacio de Gobierno, no para satisfacer frívolas ambiciones sino para arrancar la mordaza y restablecer plenamente la libertad en el Perú.

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