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La enseñanza luminosa de la cooperación popular

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Si las naciones pudieran acudir a los médicos en busca del diagnóstico de sus males el Perú confirmaría su grave dolencia crónica que, afortunadamente, no es incurable: la decadencia agónica de sus villorrios. Porque como todo enfermo el país tiene en sí mismo la defensa orgánica para combatir el mal que le aqueja: el hábito ancestral de la cooperación popular, la vieja minka que hizo grande al Imperio y cuyas características perduran en las comunidades.

Alguien ha dicho que las verdaderas leyes carecen de texto y se expresan a través de las tradiciones imperecederas de los pueblos. La ley no escrita del Perú bien podría llamarse “cooperación popular”. Pero los tiempos modernos hacen necesario que se estructure los organismos, que se precise en blanco y negro, los recursos y las orientaciones técnicas. De allí la necesidad de redactar un breve texto que encauce en nuestros días la realidad milenaria del esfuerzo colectivo.

Nosotros hicimos varios viajes por toda la República durante el proceso electoral de 1956. Estas giras, inevitablemente bulliciosas, vinieron a ser el eco de otros recorridos anónimos, realizados varios años antes, en busca de ese gran desconocido que, para muchos limeños, es el Perú.

Cuando el aplauso y el entusiasmo de los pueblos no perturban el juicio, y lejos de envanecer a quienes lo reciben, despiertan en ellos un hondo sentido de la responsabilidad cívica, puede esperarse un fecundo resultado de esos viajes políticos.

Es quizá de utilidad que relate cómo surgió el proyecto de ley que hemos llamado “Cooperación Popular” mandado al Parlamento, donde se encuentra inauditamente encarpetado en las comisiones legislativas. Es conveniente que se sepa que esta idea –cuyo verdadero autor es el país mismo- surgió de la buena fe, de la sinceridad, del deseo de no defraudar las expectativas y la confianza de los pueblos.

Llegamos una tarde de abril a Sicuani, en tren que esa misma mañana había partido de Puno. La intuición popular parecía ver en nuestra cruzada, con esa sensibilidad profunda que tienen las multitudes, el propósito serio de trabajar por el país.

En cada estación, hombres y mujeres humildes habían invadido nuestro vagón, y en cada mano tendida y en cada mirada se podía percibir claramente el desbordante e indescriptible fluido de la confianza, ese don que solo premia a los que se acercan a los pueblos con sana intención. Allí en Sicuani tuvimos que dejar el tren y, después de unas palabras de agradecimiento frente a la estatua de Pumacahua, se inició el lento recorrido por carretera hacia la capital imperial.

Como quienes rezan un rosario cívico, hubimos de detenernos en muchos pueblos y caseríos cuyos nombres evocaban dramáticos episodios históricos. En todos ellos salieron a recibirnos las comunidades, con sus trajes típicos, tocando sus melancólicos instrumentos autóctonos. En todas partes el clamor era el mismo, pedían lo elemental: agua, escuela, viviendas. Reclamaban obras básicas de urbanismo: el camino vecinal y el puente, la pavimentación, el mercado.

Un rápido cálculo mental, estimando estas obras, grosso modo, en su valor aproximado y multiplicándolo por 1.400 capitales de distrito –sin considerar infinidad de caseríos de menor rango- nos hizo ver lo complejo de una solución para satisfacer tan justificadas y conmovedoras demandas de acción estatal. Sentíamos la angustia, la impotencia económica para hacer justicia a nuestros compatriotas. Puedo decir sin falsa modestia que el temor de no alcanzar esa reparación, en caso de triunfo, es el único miedo que he tenido en la campaña.

El fisco debe atender ante todo a los gastos generales de la administración y la educación pública, financiar las grandes obras de carácter nacional o regional, mantener la eficiencia de los institutos armados. Pero una vez cumplidas esas misiones, poco queda del presupuesto para dedicarlo a inversiones locales, a necesidades lugareñas que, por ser el Perú un país eminentemente rural, afectan a la mayoría de su población.

Cuando más tarde pudimos ver congregado al pueblo del Cusco desde el atrio de la catedral, la responsabilidad de buscar una solución se hizo más imperiosa. Contribuía a ello el grandioso y evocativo escenario. Tal vez nuestra invocación al pie de un templo y en el punto focal de la convergencia de los cuatro caminos que antaño dieron unidad y poderío a otras tantas regiones del Imperio, fue acogida benévolamente por la providencia a la que acudimos en busca de luz.

Nuestro recorrido hacia Huancayo lo hicimos en un destartalado automóvil de la plaza. Se sorprendió el eficiente chofer Ismodes cuando lo requerí para la carrera más larga que, evidentemente, le había sido solicitada. ¿A dónde vamos? A Lima –respondí- como si se tratara de recorrer unas cuantas de las empinadas calles cusqueñas.

Más tarde en el camino, cuando ya cruzábamos el Apurímac, ya habíamos cambiado de ideas mis acompañantes y yo sobre las graves dificultades insuperadas de las aldeas peruanas. En una fonda de Chincheros, en el departamento de Apurímac, nos detuvimos a almorzar. Los notables de este pueblo pintoresco, intrigados por la presencia de un taxi coronado con cuatro maletas y un autoparlente, acudieron a darnos el encuentro y a brindarnos una hospitalidad que resultó gratísima y fecunda por la inspiración ahí recogida.

No insinceramente repetía: más que en una solicitud de votos, vengo en busca de ideas.

El caso de Chincheros es típico de nuestros pequeños pueblos olvidados. Allí todo se ha hecho por esfuerzo local. La construcción del templo, la edificación de las escuelas, el camino al santuario de Cocharcas, todo estaba en obra, por Acción Popular, ante la indiferencia del Estado. Apenas unas cuantas calaminas habían sido remitidas de Lima para techar precariamente la escuela de varones, aún sin pisos, ni vidrios, ni cerrajería, ni aparatos, ni sanitarios. Lo poco que llega de la capital se obtiene tardíamente, tras mendicantes gestiones.

Y la realidad es que los pueblos ponen su esfuerzo y su tiempo, a falta del dinero del que carecen. Si todo se pudiera hacer con las propias manos, Chincheros no tendría problemas. Pero una ayuda económica es inevitable para adquirir algunos implementos y materiales que solo producen las grande industrias.

El Perú forzosamente tiene que dejar de ser un país archipiélago de caseríos aislados. La interdependencia regional es inevitable y necesaria. No podemos esperarlo todo de los pueblos sin recursos; hay que darles la mano. Pero no la mano que alcanza una limosna, sino la que paga una deuda. Cuando después de una emocionante inspección de las obras brindamos, en una de las casas de la plaza, por el pueblo de Chincheros y su buena y laboriosa gente, lo hicimos también por Acción Popular, el naciente movimiento que tomaba ese nombre de la más noble y fecunda de nuestras tradiciones nacionales.

Tomado de “La Conquista del Perú por los Peruanos”. Fernando Belaunde Terry. Ediciones Tawuantinsuyu. Lima, 1954.