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La revolución del crédito

fernando belaunde terry

Hay revoluciones en que la sangre se derrama sobre el territorio en lucha fratricida, en que la conquista de un ideal se paga al alto precio del sacrificio de vidas humanas. Hay otras que sin dejar de ser fecundas, no producen víctimas. La que nosotros queremos hacer, la revolución del crédito, ofrece un ancho horizonte de esperanza sin que su victoria pueda significar para nadie el dolor de la injusticia. Ella no se haría con sangre sobre la tierra sino con tinta en los balances financieros y las tabulaciones estadísticas. Incómoda tal vez para algunos, nuestra revolución, a la larga, significaría un triunfo colectivo.

Maneja actualmente al Perú una estrecha argolla de financistas a  la antigua, con la complicidad d un partido pseudo revolucionario que ha claudicado para ponerse al servicio de sus verdugos de ayer. Los hombres de negocios que se las han arreglado para llegar al gobierno llevando al crédito público y privado a la crisis en que hoy se encuentran, pueden haber acreditado capacidad personal para forjar su propio bienestar pero han puesto al mismo tiempo en evidencia su ineptitud para difundir la prosperidad general. Queremos enmendar la actual política para abrir al hombre de trabajo las puertas del crédito, que constituyen el único acceso a la propiedad que puede ofrecérsele.

Alguien ha dicho, refiriéndose a las instituciones de crédito chapadas a la antigua, que el “banco es un institución que presta a los ricos el dinero de los pobres” y en gran parte hay fundamento en esta afirmación. Los ahorros de los pequeños imponentes, por la falta de una orientación social en la ley de bancos, sirven para compensar los préstamos a clientes acomodados que son los únicos que pueden respaldar con bienes raíces o valores aquellos préstamos, disfrutando de facilidades crediticias que son negadas al hombre común. Y sin embargo, son él y sus semejantes los que aportan a las cajas y secciones de ahorros los mil quinientos millones de soles que actualmente les están confiados.

Se ha hecho un vicio en el Perú la atracción, en forma peligrosamente especulativa, de todos los recursos líquidos hacia los bancos que ofrecen, como suculenta carnada, el pago de altos intereses, superiores a menudo al 8% por depósitos en cuentas corrientes a la vista, de cierta magnitud. Esta práctica ha conspirado contra el espíritu de iniciativa del inversionista, que es el motor que mueve y desarrolla un país, y ha puesto a toda la baraja monetaria en muy pocas manos –los dirigentes de las instituciones de crédito- que han reunido así una inmensa suma de  poder económico. En los Estados Unidos como en la mayoría de los países, no se abona interés alguno por depósitos a la vista, y en Alemania se juzga que la tasa de ¼% es el interés máximo que puede señalarse a tales recursos. Según los últimos datos, las colocaciones de los bancos son siete veces mayores que el monto de sus capitales y reservas. El predominio absoluto de quienes ostentan la mayoría de acciones, según el régimen vigente de sociedad anónima aplicado a las empresas bancarias, deja indefenso al accionista minoritario y ha facilitado la formación de lo que, en algunos casos notorios, podría llamarse el latifundio del dinero, es decir, una institución en manos de una familia o grupos, en constante expansión, que por medio de las facilidades que otorga tiene influencia decisiva primero, y control después, de otras entidades que vienen a resultar subsidiarias. Al primer revés económico, el banco por intermedio de grupos adictos o compañías financieras se hace cargo del negocio que, no pudiendo cumplir las onerosas condiciones del sistema crediticio, acaba por entregarse a la institución que los habilitó.

El pago de intereses en cuenta corriente que una desenfrenada competencia mantiene en constante alza significa un perenne encarecimiento del dinero, porque el banco debe agregar sus propios gastos administrativos, generalmente elevados, más la utilidad que tienen derecho a esperar sus accionistas. La tasa de interés para vales, pagarés, descuentos de letras y adelantos de cuentas corriente tiende por ello a alcanzar niveles usuruarios. Teóricamente, el latifundio del dinero puede llegar a apoderarse a la larga de todos los negocios y hemos podido comprobar más de una vez en el Perú que la llave de su caja de caudales resulta a veces llave maestra que abre  muchas puertas, inclusive las del poder político. Y la ciudadanía ha visto con asombro inclinarse servilmente ante los banqueros gobernantes, que él mismo se encargó de difamar, a un partido que alguna vez pretendió exhibir, arrogantemente, como monopolio, el secreto de la salvación de la patria.

Tomado de La conquista del Perú por los peruanos. Fernando Belaunde Terry. Ediciones Tawantinsuyu, Lima, 1959.