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La universidad, antesala del éxito

Fernando Belaunde Terry, Escritos Inéditos

Fernando Belaunde Terry

Fernando Belaunde Terry

Nada es más fecundo que la comunicación entre seres humanos. Me ha tocado practicarla sobre todo en dos ámbitos: las aulas y las plazas, que para mí son salones de clase, bajo la bóveda celeste. El ámbito escolar y universitario, invita a la meditación y al estudio. Hay una estrecha colaboración entre el profesor y el alumno. El profesor transmite y el alumno capta, pero –lo que es más importante- estimula e inspira. La verdadera enseñanza se logra con una actitud coloquial: el buen discípulo da tanto como recibe. El secreto de la universidad es crear ese nexo.

Al iniciar un largo destierro en 1968, fui llamado por la Universidad de Harvard. Lo primero que hice fue explorar ese ambiente de cautivante inquietud intelectual. Medité algo al enterarme de la lejana fecha de su fundación: 1638. Sin embargo, sentí mucha satisfacción y alguna nostalgia al recordar que nuestra Universidad  de San Marcos la había antecedido, nada menos que por 85 años. ¡Pero qué abismo en cuanto a la trayectoria y, sobre todo, en cuanto a los resultados, en la evolución científica del mundo! Opino que la primera lección de nuestra experiencia debe llevarnos a pensar menos en los pergaminos y más, mucho más, en aquéllos.

Es oportuno anotar que mientras Latinoamérica obtiene altos galardones en el campo de las letras, los logros científicos, tan vinculados al desarrollo del mundo, se deben a maestros de otras latitudes. El Premio Nobel es una buena referencia. En poesía lo obtienen Gabriela Mistral en 1945 y Pablo Neruda en 1971. Los novelistas no se quedan atrás: Miguel Ángel Asturias en 1967 y Gabriel García Márquez en 1982. Recientemente sus laurales de la paz se otorgaron a dos centroamericanos: un expresidente de Costa Rica y una lideresa india de Guatemala.    Separados por la jerarquía oficial se confunden así el estadista y la ciudadana, hermanados en el ideal.

¡Qué contraste con los forjadores del vertiginoso avance de nuestro tiempo, con los pioneros de la conquista espacial! De las aulas de la universidad de Berlín sale Werner von Braun, doctorado a los 22 años. Su interés está centrado en los cohetes cósmicos y los satélites espaciales. Mas las presiones bélicas del nazismo, lo obligan a emplear sus conocimientos en ese campo, para elaborar cohetes terrestres que, lejos de ser descubridores, contribuyan a la destrucción del adversario. Tales tareas estaban lejos de satisfacer la mentalidad selecta del inventor, que tenía sus ojos puestos en la astronáutica. Una incursión aérea británica a su centro de operaciones había causado más de mil muertes. En 1945, ante la llegada de los rusos que capturaron el cohete V-2, von Braun huyó a los Estados Unidos, donde pudo poner su talento y conocimientos al servicio de la conquista del espacio. Le tocó destacada actuación en la construcción del “Explorer” primero, y del “Apolo” después. El hombre sin vocación bélica pudo, al fin, contribuir al desarrollo con la conquista de la luna.

Hay otro caso más notable aún, que contiene en cierta manera, un mensaje a los estudiantes con problemas. Me refiero al sabio Albert Einstein que, en su niñez, hacía temer algún retardo mental que en el Instituto Politécnico de Zúrich, sólo obtuvo calificaciones regulares. Poco después, uno artículos geniales enrumbaron la revolución de la física moderna con su “concepción de la energía y la materia del tiempo y del espacio”. Involuntariamente, dio lugar a la creación de la bomba de hidrógeno, lo que no impidió que dejara estas memorables palabras: “La paz no se logrará nunca con la fuerza, solo puede alcanzarse con el entendimiento”. Este gigante del entendimiento obtuvo el Premio Nobel de Física en 1922. Pero, la raza latina no se queda atrás. Marconi, que obtiene el galardón en 1909, destaca por sus investigaciones sobre las ondas electromagnéticas. Había pasado por las aulas en Florencia, en la Escuela Técnica de Leghorn. Causó conmoción en Inglaterra cuando, a través de un estrecho, logró enviar señales hasta nueva millas. En 1918, lo haría entre Londres y Australia.

La conclusión que puede derivarse de los ejemplos citados, es que brillamos en las humanidades, sin destacar, universalmente, en las ciencias. No debemos caer, sin embargo, en la exclamación del filósofo español, refiriéndose a los sajones, cuando dijo: “¡Que inventen ellos…!” La imaginación no tiene fronteras. Debe ejercitarse en todos los campos. Hay que tenerlo presente en nuestro mundo universitario.