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Peregrinaje fluvial

fernando belaunde terry

No tiene nuestro buque, acodado en la ribera del Huallaga, en Yurimaguas, la línea dinámica o las comodidades de las naves modernas. No es un barco de lujo. Es un simple mercante que ha cumplido ya sus bodas de oro navegando por el Amazonas transportando jebe, madera, barbasco, soldados. Un barco tan vivido y navegado que, como un viejo violín, tiene resonancias humanas. En sus vigas han colgado hamacas desde el misionero que va en busca de la salvación de las almas, hasta el aventurero o el prófugo que han perdido las suyas.

Vamos a Iquitos, de bajada, empujados por las aguas de estos ríos tan peruanos que no son sino las cumbres de los Andes derretidas. Aquí entre colonos, vendedores, viajantes, vamos al encuentro de duras realidades, a convivir con el dolor y la esperanza, no a compartir poderíos oficiales.

En Yurimaguas –la llamada Perla del Huallaga- dejamos sacos de harina, llegados por ruta del Atlántico. Los cargadores, descendientes de los recios indios lamistas, trepan cien veces el barranco asoleado con 60 kilos a cuestas. Si hay puertos naturales, este es uno de ellos. Porque la República no ha puesto ni un muelle, ni una grúa, ni una faja transportadora, ni un almacén. El hombre sigue llevando una carga, como simbólicamente lo hacía en tiempos remotos, al presentarse ante el Inca. Son cuatro siglos mal aprovechados. Un puerto en Yurimaguas es la primera anotación en mi libreta de apuntes. Es la lección aprendida en las orillas de este río que ha visto mezclarse el sudor y las aguas y del que, como hemos de relatarlo, las lágrimas también son afluentes.

En el puente encuentro, en el alba, al comandante Pérez, típico marino mercante loretano, moreno y delgado, cuya voz de mando suaviza el dejo amazonense. Y allí está en la proa, el piloto Cartagena. El piloto es en los ríos selváticos lo que es la sirena de Andersen en las aguas danesas: un personaje central. Es curioso verlo trabajar. Dirige nava con suaves movimientos de las manos, que capta el timonel. Trata al río con suavidad casi amorosa. Su mirada se pierde en la superficie, en sondeos invisibles. Zigzaguea la embarcación buscando el canal que a nosotros se nos oculta y que él parece ver con claridad. Intuyen estos navegantes silenciosos, al mirar al río, la profundidad de sus aguas, como quien descubre en los ojos de una mujer, los secretos de su alma.

Al anochecer la cubierta era un bosque de hamacas. La ley no escrita de los ríos hace que el barco detenga su marcha cada vez que alguien lo llama. A nadie niega el asilo el navegante fluvial. Los pasajeros traen sus propias hamacas y las cuelgan donde pueden. Si faltan víveres se hace un alto para adquirirlos en el primer caserío. Hay conservas, sacos de café, aves, tortugas y cerdos en la primera cubierta que es una mezcla de camal y sala de máquinas. Se asemeja nuestro barco a un arca de Noé en espera del diluvio.

La noche envuelve a la nave con un manto de intimidad, propicia a la confidencia. En la bodega veo a un hombre melancólico. De pronto descubro que carece de ambas manos. Las dejó en una explosión de dinamita, allá por 1941, en la carretera a Pucallpa. Está abandonado y es pobre. Su joven esposa, a al que acaba de enterrar en Yurimaguas, le ha dejado tres niños. Con lágrimas en los ojos me muestra sus papeles. Son legítimos. El más pequeño no quiere despegarse de los brazos mutilados de su padre. Este hombre que sufre, ama tiernamente a sus hijos. Las manos le hacen falta para atenderlo, pero ha probado con su sensibilidad humana y su expresión bondadosa que no son indispensables para acariciarlos. Está, tal vez, como Cristo, expiando las faltas de otros. Se llama Salomón Tuesta Castro y vive entre Contamana y Pucallpa. Sus jefes, buenos camineros, lo mandaron al hospital en Huánuco donde le dieron, a cambio de sus manos, otras postizas que el calor de la selva no le permite emplear.

No hubo indemnización. El gobierno es diablo predicador. Cuando era patrono y construía por su cuenta, no respondió por los accidentes. Hay que darle a esta víctima –héroe desconocido de la epopeya vial- una pensión de gracia, le digo a Luis Delgado. Haremos un proyecto legislativo inspirado en el dolor este hombre, para que el Estado responda por sus víctimas y mitigue sus males. Insistiremos en nuestra propuesta sobre accidentes de trabajo, que las comisiones guardan, con frialdad glacial, desde hace un año concluí.

Pero enseñan también las escalas a lo largo del recorrido. Las chozas de madera y paja parecen anunciar comunidades atrasadas. Más no es así. Tienen hondamente arraigado el sentimiento patrio y el deseo de aprender y superarse.

Hay que tener fe en los pueblos que construyen sus escuelas y sus templos con sus manos. Se sobreponen al aislamiento y al olvido en que viven. Un misionero canadiense me confía su única aspiración: obtener permiso para abrir una escuela secundaria que tenga valor oficial. Y eso se lo niegan. No pide dinero, no maestros, ni local. Él se las arreglará, como lo hizo con el jardín de la infancia. Y sin embargo no lo atiende. Yo que dirijo una facultad, con valor oficial, me siento avergonzado. El padre Laflame (la llama, en francés) es una antorcha en Tamshiyacu. En Lima están tan ciegos que no quieren ver su luz.

En estos recorridos fluviales uno se encuentra con hombres esforzados y emprendedores que relatan sus dificultades. Hemos vivido con ellos el drama del barbasco, el jebe y la madera. Los barbasqueros están alarmadísimos. A fin de traer abajo los precios, en lo que puede ser una gran especulación interna o extranjera, se alega que ahora hay sustitutos ventajosos para esta materia prima, tan útil en la fabricación de insecticidas. Los que han sido habilitados por firma comerciales logran colocar sus productos. Los otros –los que además de trabajo han puesto sus ahorros en la aventura- están a merced de la especulación. Por lo general no hay demanda o se la disimula para ofrecer en pocos casos un sol por lo que vale tres. Tenaces pioneros han limpiado el monte para emprender los sembríos, exponiéndose a los peligros tóxicos de este cultivo que raja la piel y los labios. No ha habido orientación del ministerio de Agricultura ni existe protección alguna en esta emergencia. Se ha debido prevenir a tiempo a estos pequeños productores o respaldarlos con gestiones destinadas a asegurar un mercado.

El caso del jebe también es grave. Constituye virtualmente un monopolio aunque haya muchos productores, pues solo existe un comprador que fija el precio. Y los madereros están sujetos a las peculiaridades del régimen hidrográfico, pues cuando los ríos bajan no pueden trasladar el fruto de su esfuerzo, que espera en el bosque el impulso de sus aguas.

Se requiere una acción más dinámica y eficaz de las reparticiones públicas para orientar y auxiliar, si es necesario, a los buenos peruanos que sí cumplen en la forma más estoica y abnegada el precepto bíblico de ganar el pan con el sudor de sus rostros. Sin olvidar que el sudor siempre cae y, en muchos casos, el pan no llega. El hombre de la selva merece, pues, un espaldarazo moral de toda la nación. No hay que olvidarlo. En horas de peligro es el primero que llega a la frontera. Y en tiempos de paz sigue arriesgando su salud y la vida en trabajos que también tienen carácter de heroicos.

La gran lección que hemos recogido en las aldeas ribereñas ha sido la necesidad imperiosa de hacer llegar a ellas la acción vivificante del Estado. Como esos pueblos son demasiado pequeños para justificar, en cada caso, la instalación en tierra de todas las dependencias gubernativas, pero sumados resultan demasiado grandes para carecer de ellas, hemos pensado en la creación de un servicio cívico fluvial, mediante un proyecto llevado al Parlamento por los diputados loretanos. Quisiéramos ver surcar los ríos por centros cívicos flotantes. Barcos en que se reunieran las oficinas principales de la administración pública y que llevaran la cultura y las amenidades  básicas a tantos pueblos olvidados, tan dignos de la gratitud y del afecto nacionales. Que halagüeño sería para el patriotismo que estas naves pasearan por los ríos nuestro pabellón y en su recorrido llevaran el esparcimiento, la cultura, la salubridad y una orientación técnica a cada caserío enclavado en la jungla, como una bandera.

Al término de este peregrinaje fluvial, a la vista de Iquitos, corazón palpitante de peruanidad de todo el sistema amazónico, se nos acercan decenas de embarcaciones modestas, atestadas de gente, rústicamente empavesadas de rojo y blanco. De Belén llegan canoas con flores. Hay un hondo significado humano en esta escolta popular. “No lo recibe una salva de 21 cañonazos –dijo Jorge Melgar al darnos la bienvenida- pero sí los ruidosos aplausos de la multitud… ni hay una insignia presidencial en el buque, pero en el mástil flamea un banderín que dice Libertad (el nombre del barco)”.

Y yo, emocionado por este recibimiento veneciano, que acepto sin merecerlo porque no es un brindis al poder sino a la lucha, me limito a hacer, desde el balcón del hotel, al que no sé cómo he llegado, una pública declaración, que sale de muy adentro: ¡Quiero a Loreto y éste es un amor correspondido!.

Tomado de Pueblo por pueblo. Fernando Belaunde Terry. Ediciones Tawantinsuyu, 1960.