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Peregrino de la libertad

Revista Life, noviembre de 1968

Por Fernando Belaunde Terry

Soy un peregrino de la libertad. Pago por ella el precio del exilio. Después de dar a mi país, el Perú, un régimen democrático auténtico, durante algo más de cinco años, un grupo de militares audaces, asaltantes del poder legítimamente constituido, ha puesto término, a la fuerza, a un gobierno que la historia recordará como el del apogeo a la libertad de expresión en mi país.

Mi profundo respeto a ese derecho sagrado tal vez haya contribuido a crear un clima propicio a la incitación subversiva. No me importa. Prefiero el sacrificio del destierro al oprobio de la dictadura, que nunca acepté asumir, negándome una y otra vez a disolver el Congreso.

No culpo por entero a las fuerzas armadas. Las considero necesarias y sé que gran parte de ellas han sido ajenas al atentado. El día del golpe fue duelo en algunas guarniciones. La marina y la aviación no ocultaron su repudio a la deslealtad. Acuso a los políticos sin clientela electoral, de empresarios de la insurrección en el cuartel. Señalo a los enemigos del sufragio popular, que ven en cada elección un peligro para el mantenimiento de sus privilegios. Condeno a los agentes del odio y a los fariseos del falso patriotismo que engañan a la opinión pública, aunque expongan al país a caer al abismo. Todos ellos han cocinado el caldo de cultivo para detener la marcha constitucional en el Perú, en una palabra, para impedir que el pueblo elija libremente a mi legítimo sucesor. Acuso sobre todo, a los asaltantes de medianoche, que tomaron sus armas contra su jefe supremo.

Mi nombre y el vocablo “sufragio” se habían vuelto sinónimos en el Perú. Llegué al gobierno por una elección inobjetable. Ajeno a toda influencia económica, arquitecto, profesor y editor de una revista técnica era y soy hombre desligado de todo interés material que no sea el del país.

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