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Personalidad paradigmática

fernando belaunde terry

Como buen arquitecto, Fernando Belaunde tenía la fantasía de un poeta, el temperamento visionario y la intensidad de la vida interior. Pero era también un hombre de acción, político y orador. De esa pluralidad de condiciones, algunas de las cuales se atenuaron y otras intensificaron con el gobierno, provinieron sus aciertos y desaciertos.

Imaginativo y observador, Belaunde redescubrió en las entrañas del Perú de una vieja tradición del trabajo en beneficio de la comunidad. Millares de pobladores, en un esfuerzo colectivo encausado por el Estado, construyeron caminos, acueductos, escuelas. Era lo que él llamaba “filantropía de los pobres”.

Tolerante y concertador

Fernando Belaunde pertenecía a una dinastía de políticos latinoamericanos que, ensombrecida por la presencia de caudillos autoritarios, luchó por hacer política de manera honesta y a carta cabal, anteponiendo la defensa de la democracia ante todo, convencidos de que con buenas ideas y con persuasión, un buen gobernante podía resolver pacíficamente los problemas y traer prosperidad y progreso a sus países.

Belaunde siempre actuó con grandeza moral en su vida política. Incluso en los momentos de mayor discrepancia, guardaba las formas con destreza y elegancia. Para él, la palabra, la voz, el gesto, era el instrumento primordial de la vida política.

Hombre culto y con don de gentes, tenía un gran repertorio de ideas, citas e imágenes que brotaban en sus grandes discursos para conmover a su público. Era también ingenioso, divertido, un gran contador de anécdotas, guardando siempre la distancia con el interlocutor.

Impulsor y ejecutor

Belaunde pensaba que la arquitectura, más allá de su valor comercial, debería estar orientada a generar bienestar y a propiciar equilibrio urbano. Era un profesional preocupado menos por el estilo y más por el aspecto transformador, funcional y actor de cambios. Le sumaba a estas características, su temperamento impulsor y ejecutor. ¡Adelante! fue el lema de su vida política pero además, un rasgo de su identidad.

Sencillo y modesto, acostumbraba confundirse con el pueblo, siempre con un gesto amable, saludando a todos sin distinción de edad, sexo o condición. Gustaba de caminar por las calles sin guardaespaldas, recibiendo directamente las muestras de simpatía de los ciudadanos.