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Por el abra de Porculla

pueblo por pueblo fernando belaunde

Hemos podido comprobar fehacientemente que aún en el villorrio más humilde se encuentran ciudadanos capaces y activos, que sus vecinos sin duda escogerían para las tareas del gobierno local si se pusiera término a la usurpación que cometen impunemente nuestros gobernantes nacionales. Una anécdota vivida en uno de mis viajes por el norte lo demuestra.

Acabábamos de cruzar la cordillera por el abra de Porculla, el paso más bajo de nuestros Andes. Nos detuvimos en una fonda para desayunar el nutritivo y criollo “encebollado” de los camioneros. Un hombre del  pueblo me miraba, inquisitivo, desde el fondo del destartalado comedor. Se acercó a saludarme, por haberme reconocido por una foto periodística. Lo invité a que compartiera nuestro desayuno y de inmediato se identificó como un arriero, dedicado a llevar ganado de las serranías de la cercana San Felipe hasta su pueblo natal de Olmos, en los arenales costeños.

No tardé mucho en captar la lucidez mental, la energía y el espíritu cívico de este hombre que el ir y venir por la cordillera, había hecho robusto y dinámico. Pude apreciar su inmenso amor al terruño. “Cuando a mi pueblo llega algo de agua –me dijo- la tierra prueba su feracidad dando magníficos frutos”.

Efectivamente, las tierras de Olmos, cubiertas antiguamente por bosque de algarrobos, albergaban una gran población ganadera, habiéndose enriquecido en materia orgánica hasta el punto de que están reputadas como de las mejores. El ciego afán de obtener carbón de palo destruyó la riqueza forestal y con ello languideció la ganadería sustentada por los algarrobos. Desde entonces, Olmos y todo el norte sueñan con la irrigación que el gobierno de Legía no logró llevar adelante.

Todo hombre, orador o no, es elocuente cuando traduce en palabras un ideal profundamente sentido. Este arriero me expuso brillantemente el anhelo de su pueblo natal: la irrigación. Yo le hablé del proyecto del recordado ingeniero Sutton, una de las grandes autoridades en materia hidráulica y el pionero de la propuesta de irrigación de Olmos.

Mirábamos en ese momento las aguas del Huancabamba que, enriqueciéndolas con las del Tabaconas, por una obra de interconexión, Sutton se proponía desviar de la vertiente del Atlántico a la del Pacífico. Muy a mi sorpresa, este humilde arriero objetó respetuosamente la solución planteada por el técnico norteamericano. No dejo de sorprenderme su atrevimiento al observar el trabajo de un ingeniero eminente. “Mi diaria labor –me dijo- me ha llevado a conocer bien estas quebradas. Las he recorrido todas a pie y he contado los pasos”.

Me relató enseguida su exploración detallada de la quebrada de Tasajeras que, a su juicio, debería seguir la red de canales y túneles para cruzar, cerca de Porculla, el macizo relativamente bajo de los Andes del Chamaya.

Admiré en este hombre rudo el interés por servir a su pueblo. “Tengo la seguridad –añadió- que de los 40 Km de canales y túneles propuestos por el ingeniero Sutton, podrían reducirse a la mitad si se modifica el proyecto original por esta ruta”. Hablaba con aplomo este hombre que nunca manejó el teodolito pero cuya limpia mirada parecía tener la precisión del lente.

Recordé que en la época de los estudios el Instituto Geográfico del Ejército no había publicado todavía la hoja de la Carta Nacional  correspondiente a Olmos. Era evidente que esa falta de cartografía había hecho muy difícil el planteamiento inicial del proyecto, basados en penosos recorridos a pie y a caballo por abruptos senderos. Ello explicaba que no se hubiese considerado la variante propuesta, máxime si la carretera, que ahora recorríamos, tampoco existía en esos momentos.

Tuvimos mis acompañantes y yo, con instantánea simultaneidad, una sensación de confianza en este arriero con alma de constructor y decidimos permanecer para que nos mostrara sobre el terreno, lo que en ese momento bautizamos con el nombre de “Variante de Tasajeras”. Pudimos ver el sitio para la represa, aguas abajo del lugar escogido por Sutton y, por consiguiente, con un caudal aumentado por los afluentes. Exploramos con la vista la quebrada hasta la línea de cumbres no lejana. Le pedí al ingeniero Portugal que en uno de sus frecuentes pasos por la zona hiciera una nivelación para comprobar lo que a l a vista ofrecía ya un evidente interés.

Meses más tarde me visitó en mi despacho de la Facultad de Arquitectura este joven agrónomo que se había dado el trabajo de la nivelación requerida. Acudimos de inmediato a la oficina de un distinguido maestro de la universidad que fue ayudante del recordado Sutton en su frustrado intento de realizar la irrigación, detenida en 1930 por una fuerte convulsión política.

Al principio, este colega se mostró incrédulo ante la posibilidad de mejorar el planteamiento de quien fuera su apreciado jefe.  Pero cuando hicimos traer el mapa del Ejército y transportamos a él los datos obtenidos en el trabajo de campo, reconoció las grandes posibilidades de esa variante que reduciría por lo menos en una tercera parte, el recorrido de las costosas obras de nivelación.

Recordé en esos momentos al entusiasta ciudadano que, sin haber pasado por la universidad, nos dio, una mañana en Porculla, la doble lección de ingeniería y de civismo en las aulas majestuosas de nuestros Andes.

Pero nuestra gira no terminó allí, seguimos viaje y pernoctamos en el campamento militar de El Milagro, hogar de los zapadores que construyen el camino Olmos-Marañón.

La suave campanilla de mi despertador fue substituida en la siguiente madrugada por el toque marcial de la corneta. Salimos con los jefes militares encargados de la obra. Horas después experimenté una grata impresión, que no he olvidado. Cerca del Pongo de Retama se iba a hacer un disparo de dinamita para abrir una brecha en la ladera de la montaña. Por un momento creí presenciar una operación militar. Se tomaron todas las medidas del caso. Cada hombre se colocó en su sitio. Los oficiales, en traje de campaña, comunicándose por silbatos, dieron la orden de fuego. Y el  cerro de desmoronó para abrir paso a una nueva ruta de progreso. Sentí la plena sensación de triunfo sin sombras, porque esta fue una victoria sin víctimas. Detrás del cerro no encontraríamos cadáveres de un ejército enemigo, no opacaríamos el éxito al enfrentarnos a la muerte. Detrás del cerro encontramos la vida. Y este episodio reafirmó, en toda su profunda magnitud, la nobel misión que la paz reserva a los ejércitos.

Abierto el paso, seguimos adelante y abordamos unas frágiles embarcaciones en las cuales logramos pasar varios pongos hasta llegar a  Aramango y Tambillo. Quise seguir aguas abajo, en dirección a Nazareth, en busca de alguna tribu de aguarunas, cuyas frágiles canoas habíamos cruzado en un recorrido por las aguas tumultuosas que se abren paso hacia el Atlántico.

Llegamos por fin a un caserío. Huyeron los mayores, atemorizados por nuestra llegada, pero quedaron, con su incontrolada e inocente curiosidad, los niños. Pude darme cuenta de su total aislamiento cuando no mostraron interés alguno en unas monedas que quise obsequiarles, pero su negativa no enfrió la cálida bienvenida de la niñez, que los mayores, curtidos por la dura experiencia de la explotación, nos habían rehusado con su veloz apartamiento de la escena.

Pude admirar a mis anchas una hermosa casa, totalmente equipada por estos arquitectos son diploma. La habían edificado íntegramente con los materiales puestos allí por la naturales y habían logrado, tal vez sin sospecharlo, delicados efectos artísticos. La parada de los muros, en forma de persiana, permitía una máxima ventilación y creaba un atrayente efecto de luminosidad controlada. Admiré el mobiliario y hasta los adornos. El paisaje era exuberante y bello y el rumor de las aguas ponía una nota musical, haciéndola más atrayente aún. La casa era hermosa porque surgía del suelo, con la naturalidad de una planta y el colorido de una flor.

Al dejar este paraje inolvidable pude apreciar hondamente cómo la mejor maestra de la arquitectura es la naturales, que no niega su enseñanza ni a los hombres más humildes, perdidos en la inmensidad de la selva.

Este viaje, como tantos otros, me enseñó a apreciar en el rudo arriero de la cordillera y en el escurridizo habitante de la selva, las cualidades que con  tanta ignorancia y mezquindad les niega nuestra disfrazada democracia para seguir usurpando a los pueblos el derecho milenario de regir sus destinos.

Tomado de Pueblo por pueblo. Fernando Belaunde Terry. Ediciones Tawantinsuyu, 1960.