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¡Qué me aplaudes pueblo peruano…!

belaunde  retorna de punta del este

Discurso del presidente Belaunde a su retorno de Punta del Este, Uruguay. Abril de 1967

¡Qué me aplaudes pueblo peruano, si tú mismo has hablado por mis labios! ¡Qué me aplaudes, si estoy aquí porque tú lo quisiste!. ¡Qué me aplaudes, si fui a Punta del Este porque tú me mandaste! ¡Y qué laureles me alcanzas, si tú te los ganaste!

Debo al pueblo peruano muchos honores, pero nunca tan grande honor como este que acabo de vivir, en que no sólo fui alentado por los propios, sino por todos los peruanos, en que se hizo un maravilloso momento de tregua no pactada ni escrita, una especie de tregua oral como en el tiempo de los viejos peruanos, en que todos sin excepción quisieron apuntalarme para que fuera fuerte y claro y peruano en Punta del Este.

Qué me aplaudes si toda la prensa, si todos los órganos de difusión radial o televisada, depusieron las banderas de su preferencia para dejar a tope solamente el pabellón nacional. Con esas armas, cómo no iba yo a poder hablar por mis modestos labios el lenguaje del Perú que es el lenguaje de América.

Por algo el idioma nativo se llamó antaño la lengua general del imperio, por algo, respetando el dialecto local, el quechua se fue en un vuelo invisible desde el Cusco hasta Quito, por algo los pioneros de la integración en América somos los peruanos.

Y por ello, interpretando el sentir de un pueblo, interpretando el sentir generoso de mi propia gente y de mis propios correligionarios, he querido actuar con amplitud, y por eso cuando el presidente de Santo Domingo, mencionara nombres de adversarios políticos me levanté a estrecharle la mano y agradecerle a nombre del Perú.

América ha comenzado a cobrar mayor conciencia de sí misma, sin duda ha mirado los mapas antiguos del Tahuantinsuyo y de la  Colonia, sin duda ha visto que la división extrema en muchos países fue un error evidente en los primeros días de la emancipación y en la reagrupación tienen que decir su palabra los pueblos que tienen un pasado de hermandad y una ley de hermandad peruana que yo quiero que sea la ley rectora de la unidad de todo un hemisferio.

Nosotros no fuimos iniciadores de la cita de presidentes, ni tampoco concurrimos a ella en busca de una panacea, fuimos a cumplir un deber de solidaridad y comprendiendo que el solo hecho de reunirse los jefes de Estado constituía ya acto histórico en América. Pero fuimos con plena fe en el futuro de este continente, nos constituimos ahí con nuestra actitud amplia, porque no fuimos a buscar a Punta del Este un muro de lamentaciones, sino, y la encontramos, una fuente de esperanza, porque no queremos una América pesimista, quejumbrosa o llorona, sino una América risueña y optimista como es el pueblo peruano.

Yo me he sentido feliz de sentarme en una mesa redonda, con hombres que comparten similares responsabilidades y lo único que he hecho es hablar la verdad sin agravio y sin lisonja, comprendiendo la dignidad del Perú, de un país que no lo espera todo del exterior pero que si espera mucho de sí mismo, porque conoce su propia historia y hay que dar a la interrelación de nuestros pueblos, especialmente a nuestro contacto con los Estados Unidos, ese sentido, un sentido de colaboración y no de ayuda, una convicción de que la paz nos interesa a nosotros y les interesa a ellos, hay que dar a América la convicción de que aquí no ha habido jamás limosna otorgada ni recibida ni tolerada.

Quizás se esperaba que yo hablara solo de lo nuestro pero es más alta aun la tribuna peruana, es tribuna americana, por eso he esbozado los lineamientos de planes que hoy día son realistas, que hoy día constituyen el desafío histórico, cuando la técnica pone a nuestro alcance tantos elementos y he dicho ahí que cuando la América se mire así misma, en su  gigantesco espejo amazónico, verá que es mucho más hermosa y fuerte de lo que ella creía.

Y dije en la reunión periodística de Punta del Este, que nuestro pueblo seguía teniendo dolores y miserias, pero que al mismo tiempo habíamos despertado su confianza. Yo sé que mi mandato espira en algo más de dos años, termina, termina inevitablemente mi mandato legal, pero yo quiero quedarme solamente con la confianza, que es el único tesoro que he acumulado en la vida pública.

Y para que el pueblo siga teniendo confianza aquí y en los países hermanos, he reclamado una cita de representantes técnicos de los gobiernos en un plazo corto de uno o dos años, a fin de que se verifiquen los resultados y me he permitido, porque sé que el Alcalde no me lo va a censurar, me he permitido ofrecer su ciudad, nuestra ciudad, para que de nuevo vengan las brisas bienhechoras y refrescantes del continente todo a honrar nuestro pueblo.  Y dije que el pueblo tenía confianza, a pesar de muchas necesidades  insatisfechas. El pueblo tiene fe, fueron mis palabras, y tiene fe a pesar de todo porque gusta de una mirada limpia y de una trayectoria recta, porque ha llegado a su madurez y sabe que este no es altar para hacer milagros sino pedestal para dirigir la dura labor de la construcción del país. Porque sabe que aquí se llega a enfrentar las dificultades y porque cuenta plenamente con nosotros, pero sobre todo dije y me complazco en repetirlo, en mi plaza con perdón del alcalde… —Con perdón del alcalde para que  no le vaya a cobrar arbitrios al Palacio de Gobierno—; y lo repito:  en mi plaza también encuentro a esa figura señera de Edgardo Seoane, chacarero que ha hecho el sacrificio, por mí y por el país, de estar “encorbatado” durante cuatro días.

Y esa otra figura señera de Daniel Becerra que representa a todo el gabinete y que dejó su lecho de enfermo para venir a secundar a Seoane durante mi ausencia. Por eso yo quiero terminar, amigos míos…

— Es que yo estoy con la hora de Montevideo.

… Y a propósito, qué hermoso es Punta del Este. Qué gusto da ver que una nación hermana experimenta en la vida democrática, que admite sus errores, que rectifica sus fallas… Y cómo después del largo periodo del colegiado, en que hubo demasiadas cabezas, ha resuelto volver a un régimen presidencial y ha escogido a un hombre como Gestido, que es un hombre al que basta mirar para saber que tiene mirada limpia y trayectoria recta.

Le debemos a él una conducción alturada y habilísima de los debates. Me parece que estuviera todavía frente al otro mar: se encuentra aquí las brisas de aquellas riberas del Atlántico con las fuertes paracas que nos vienen del sur. Yo siento aquí la respiración de una atmósfera americana… Y desde ella saludo a los otros presidentes, que no voy a mencionar uno a uno pero sí honrándolos a todos, decir cómo —mientras yo hablaba— Eduardo Frei, al frente de mí, me alentaba con sus manos; decir cómo mi imaginación se alimentaba de la inteligente mirada de Lleras Réstrepo; decir cómo el salto que diera el presidente de Panamá, cuando hablé del canal de los primeros días, fosa común de héroes anónimos; y cómo cuando me miraba ese gran mexicano que es Díaz Ordaz, sentí que hablaba no sólo a nombre del Perú, sino a nombre de todos.

Esta reunión es una muestra de confianza popular. De nada serviría si ella sólo se limitara a vocear un nombre; ninguna fecundidad tendría el esfuerzo de este pueblo que me ha esperado horas, si de esta conjunción no salieran nuevos propósitos: el deseo vehemente de que esta tregua no escrita tenga la mayor prolongación, el deseo ferviente de que acerquemos distancias sin arriar banderas, para poder ir más rápido a la transformación nacional. Porque si bien hay lentitud en la maquinaria exterior, también la hay en la interior por inútiles discusiones. Por eso, pongamos todos de nuestra parte, algo para que el país trabaje más rápido y mejor en bien de los más necesitados, por eso, endosemos este inmenso cheque en blanco de multitud al Perú mismo; porque los hombres pasan y la patria queda; porque nuestra presencia aquí es efímera; porque el pueblo tiene que encontrar caminos permanentes de democracia; y porque hemos visto en Punta del Este lo que significa la prestancia de una delegación que representa a su pueblo palpitante y total en su adhesión.

Por eso reitero mi agradecimiento y por eso digo que jamás recibí mayor honor que este caudal de confianza, que este caudal de fe, caudal de fe ciega; porque este es un pueblo que sabe ver con los ojos del alma.