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“Soy terco partidario de la Democracia”

Ing. Javier Díaz Orihuela, exsenador y exsecretario general de Acción Popular

La tarde del 28 de julio de 1987, el país y el Congreso de la República escucharon el sorpresivo anuncio del presidente Alan García, el mismo que, por un breve plazo, cambió el rumbo de la historia política y económica del Perú. El primer mandatario había presentado el proyecto de ley para nacionalizar y estatizar la banca, financieras y compañías de seguro privadas. Dicho proyecto originó encendidas controversias, no solo en los recintos de la Cámara de Diputados y del Senado, sino en numerosos programas de televisión, estaciones de radio, radios y revistas y, naturalmente en calles y plazas. Comprometió a disímiles personajes de la política, literatura, arte, ciencia y de las más vastas disciplinas.

Pero cuando llegó al Senado, instancia reflexiva y de gran poder político, la iniciativa sembró  dudas generándose una gran batalla parlamentaria. Luis Alberto Sánchez, con sus más de ochenta años de vida, se quedó helado y sintió mellada su vanidad cuando recién aquel día se enteró  de tan importante decisión gubernamental como cualquier otro común ciudadano. Durante la sesión del Congreso estaba sentado en primera fila. Todos vieron como respondía al discurso del Presidente. Esa tarde Sánchez no aplaudió en ninguna oportunidad pese a escuchar estruendosas ovaciones provenientes de su bancada y de Izquierda Unida. El orgullo del octogenario senador se resintió.

El debate senatorial se produjo a lo largo de treinta y siete días. Muchas veces las sesiones se iniciaban en las mañana, se suspendían por breve tiempo, para continuar en horas de la tarde y prolongarse hasta cerca de la media noche.

El dos de setiembre, el país estaba debidamente citado al trascendental debate senatorial. En primera fila de la galería diplomática destacaba la presencia de la ex primera dama de la nación: Violeta Correa Miller de Belaunde, acompañada de su gran amiga Matilde de Zela. Todos los senadores estaban en sus respectivas curules, inclusive el senador vitalicio Fernando Belaunde Terry. Esa mañana la inicial intervención de la oposición democrática le correspondió a Belaunde. Era la primera vez que asistía y participaba en un debate senatorial. Su presencia evidenciaba la importancia del tema y la gravedad del momento histórico. Sus palabras fueron vertidas con elocuencia, firmeza y elegancia.

El Gobierno no supo aprovechar esta pieza oratoria de reflexión e invocación. Él dijo: “El apresuramiento es el mayor enemigo que tienen los gobiernos pues impide que se adopten medidas acordes con el interés del país… por eso queremos dejar oír nuestra voz para encontrar el camino a la concordia y no de la discordia e intervengo con alguna inquietud porque no se puede gobernar con excesos, ni permitir que el debate entre al campo de la reyerta callejera,  porque soy un terco partidario del sistema democrático…

Se ha puesto en evidencia que el propósito del gobierno implica cambios trascendentales que puedan alcanzarse sin aumentar el agobiante gigantismo estatal. Se impone una revisión minuciosa de la frondosa legislación en la materia. Hemos contado unas 123 leyes modificatorias de la origina… Llego a la parte final, más que una conclusión es una invocación.

El proyecto de ley en debate ha creado profunda división en el país. El consenso que enaltecía a la limpia victoria electoral de 1985 se ha desarticulado y desvanece… En nada ofendería, al gobierno y a los partidarios que honrosas concesiones mutuas, en asuntos de tan claro interés nacional, nos llevara por ley sustitutoria que, a mi juicio, deberíamos aprobar unánimemente: crear una comisión de alto nivel que se avoque al profundo estudio y concordancia de la correspondiente legislación. De esa manera, sin precipitaciones, conciliando todo lo rescatable del gran debate nacional, puede el Congreso aprobar una legislación orgánica que, lejos de dividir a la ciudadanía y debilitar al gobierno, inicie una era de positivo bienestar para el país…”

La palabra del presidente Belaunde tenía, en este caso, una particular importancia. En 1956, cuando fundó Acción Popular, planteó una serie de observaciones y críticas al sistema de crédito imperante en esa época. Democratizar el crédito, es decir, ponerlo al alcance de amplios sectores ciudadanos, fue una de las principales banderas de reivindicación enarbolada por él. Transcurridos varios quinquenios de esa primigenia posición económica, el interés crecía por conocer las ideas del autor de la tesis: ¡La revolución de crédito!

La actitud asumida por Belaunde y quienes teníamos responsabilidad de expresar nuestros puntos de vista en materia relativa a la estatización de la banca fue concordante con los principios enarbolados décadas atrás hilvanados con las normas consagradas en la Constitución. De allí, la buena impresión dejada por los parlamentarios acciopopulistas y, en particular, el protagonizado por Fernando Belaunde en la primera semana del debate. “Por primera vez en lo que va de este régimen, el Parlamento mostró sus mejores fueros la semana pasada” fue el comentario aparecido en la revista Caretas.