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Una ética social en el manejo de los seguros

fernando belaunde terry

En todos los países socialmente avanzados la financiación del hogar popular encuentra su sustento básico en los ahorros y en los seguros, que constituyen una forma de ahorro. En el Perú, a espaldas de esta corriente mundial, esas dos fuentes de recursos están proscritas para la satisfacción de necesidades elementales de las clases media y obrera que, como hemos de verlo, son en gran parte el cimiento en que descansa la prosperidad de ambos negocios. Por otro lado, los seguros sociales dedicados a construir hospitales, no han incursionado en el campo de la vivienda popular que es el más indicado para respaldar sus obligaciones futuras, hoy al margen de sustento y garantía.

En el Perú, el Estado protege a las compañías de seguros y sería lógico que estas retribuyeran su apoyo contribuyendo, sin sacrificio económico alguno, a la solución de apremiantes problemas de la clase trabajadora, que es su mejor cliente. La ley 4916 obliga a las empresas a asegurar la vida de sus empleados de comercio una vez que ellos cumplan cuatro años a su servicio. Esto significa, según los datos de la Superintendencia de Bancos de 1957, que de las 129,616 pólizas vigentes 88,683 corresponden al seguro obligatorio y que de los 2,235 millones de capitales asegurados 1,010 provienen de la aplicación de dicha ley. Puede decirse por lo tanto que la mitad de los negocios derivados del seguro de vida se deben al precepto legal anotado. Lógico sería que de los 222 millones de reserva técnica de vida un 50% se invirtiera en beneficio de la clase media que crea esa reserva. Y es evidente que los 332 millones invertidos por las compañías en inmuebles deberían en gran parte corresponder  a viviendas populares y no a edificaciones suntuarias.

Este deber cobra mayor claridad cuando se anota que el seguro sobre accidentes de trabajo, que se origina en la clase obrera, es también obligatorio y representa, solo en pólizas cobradas anualmente, más de 61 millones y que el vasto renglón del seguro contra incendio, es igualmente compulsivo para los pequeños propietarios que tienen que recurrir a hipotecar sus viviendas. Es pues, un hecho comprobado que el hombre común, aisladamente pobre, constituye en conjunto, un gran cliente colectivo de las compañías que no deberían postergar más tiempo la implantación de una nueva política de inversiones destinadas a mejorar sus condiciones de vida.

La capacidad colectiva del hombre común para generar fondos está demostrada, además, en el constante aumento de depósitos de ahorros. Si una amplia política a favor del crédito hipotecario destinada a la vivienda elemental se sustentara fundamentalmente en los capitales y reservas de las compañías de seguros y en los recursos de las cajas y secciones de ahorros, habría apreciables cantidades para prestar o invertir, a diferencia de lo que hoy ocurre.

Considerando solamente las actuales inversiones inmobiliarias de las compañías de seguros y los fondos de ahorros –hechas las deducciones necesarias- podríamos tener 57,000 préstamos de S/. 30,000 cada uno, resolviendo el problema de techo para 285,000 personas.

Y para realizar este cálculo no hemos tenido para nada en cuenta los fondos de indemnizaciones que una estimación muy moderada fija en 720 millones, con un aumento anual de 144 millones, recursos que, igualmente, corresponden al trabajo. Un plan progresivo para transferir esos fondos durante un largo y razonable periodo a la Corporación de Vivienda por ejemplo, o al Banco Central Hipotecario significaría un considerable aporte a la solución del problema más grave que afecta a las familias de modesta situación económica.

Pero el mayor horizonte que se ofrece es el de las inversiones que deberían hacer los seguros sociales. El Seguro del Empleado tiene más de 282,597 inscritos y el del Obrero sobrepasa los 395,000. Los ingresos estimados de los seguros sociales pasan de 350 millones al año que, en parte, deben constituir reservas técnicas a invertirse en viviendas para los mismos asegurados.

Tomado de La conquista del Perú por los peruanos, Fernando Belaunde Terry. Ediciones Tawantinsuyu, Lima, 1959.